viernes 19 de junio de 2009

Historias para no pensar

Nunca es lo mismo tratar de imaginar un tiempo pasado en el que hay que hacer un pequeño esfuerzo para situarse en el pretérito que optar por pensar en otro mundo futurista pero donde ese futuro no es más que imaginable echándole grandes dosis de imaginación. Del primero, tenemos toda clase de documentos: sabemos de tradiciones y costumbres y hasta de los más mínimos detalles de la vida cotidiana de las civilizaciones y de los pueblos. Ahí esta la literatura y el cine para recordárnoslo. Sin embargo, por un futuro posnuclear o posatómico afortunadamente no tenemos nada más que la imaginación porque afortunadamente también no se ha producido. O sí. En los terribles hechos de Hirosima y Nagasaki. Pero suena como algo muy concreto, muy aislado, algo que está muy alejado de nosotros en el tiempo o, más bien, que queremos olvidar en nuestra conciencia colectiva, como los campos nazis de exterminio. En el fondo de cada uno de nosotros no queremos idear esas imágenes que poder adivinar, pero que no queremos hacerlo bajo ningún pretexto. Un mundo arrasado por el plutonio o por cualquier tipo de artefacto sumamente mortífero con características mundiales es algo que podemos tener presente en nuesras mentes, sí, como una eventualidad horrible, pero que todos luchamos para que siga perteneciendo por los siglos de los siglos al género de la ciencia-ficción. Demasido terrible como llegar a materializarse en realiad. Y sin embargo, cuando vemos las espantosas operaciones que lleva a cabo en Corea Del Norte, por ejemplo, ese dictadorzuelo comunista de cuyo nombre no quiero acordarme, o nos enteramos por la prensa de los ensayos nucleares de los iraníes, no podemos por menos que dejar de estremecernos. Un escalofrío recorre nuestra espina dorsal. La hecatombre puede estar más cerca de lo que pensamos, pero no queremos ni mentarla como individuos, y como naciones tampoco queremos hablar de ello. Es algo que está ahí, posible, pero de lo que no queremos ni oír chistar. Tal vez el mundo pertenezca a unos pocos, aquellos que están forrados de armas hasta las orejas, y nosotros sigamos creyendo que los fuertes somos los inocentes países democráticos porque tenemos parlamentos y democracias y votamos cada cuatro años. Seguramente en la distancia hay alguien que se ríe a carcajadas de todos nosotros. Y es entonces cuando la mirada de un niño, la curiosidad de un niño viene a refrescarnos estas cosas, a recordarnos que todo lo espantoso puede ser hecho realidad mañana mismo. Y que todos somos, hasta los menos malos, capaces de hacer cosas terribles que aún nunca hubiéramos sido capacer de pensar, y mucho menos de llevar a la práctica. Pero que están ahí. Y son posibles. Y este vídeo nunca tendría que venir a recordárnoslo. ■

miércoles 17 de junio de 2009

Italia, bajo el peligro rojo

La noticia ya la conocía de refilón pero no creía que fuera a llegar a estos extremos. Más bien creí que sería algo anecdótico, fruto de esa Italia folklórica de Berlusconi, y que no llegaría demasiado lejos. Sin embargo, la cosa va en serio, por más que el ABC, que es donde aparece, haya decidido publicarla solamente en su edición de papel.

Habla de Maria Antonietta Canizzaro, la presidenta del nuevo Movimiento Social Italiano (MSI) , un partido de corte fascista, legal, que pretende establecer ―en realidad la ha establecido ya― una red de patrullas ciudadanas para garantizar el orden público en las calles. Estas siglas son herederas de aquel otro partido histórico, que llevaba el mismo nombre, y que fue creado en 1946 por Giorgio Almirante, quizá algunos de ustedes recuerden al siniestro personaje. Un águila imperial, la bandera italiana y las siglas SPQR son los elementos que caracterizan la estética de este grupo que defiende la necesidad de patrullar las calles cumpliendo lo establecido por el Gobierno, que a principio de este año aprobó la formación de patrullas para garantizar la seguridad. De manera que todo es legal, todo conforme a la ley berlusconiana, nada se salta la legalidad vigente. Sin embargo, la Fiscalía ha abierto una investigación para aclarar el asunto.

Entrevistada por la periodista de ABC, Verónica Becerril, sobre esta investigación, Canizzaro responde: “Esta semana presentamos en rueda de prensa la denuncia contra la magistratura que está atacando al Gobierno. Gianfranco Fini [presidente de la Cámara de Diputados e instigador de la denuncia] es el artífice del complot, es un peligro para la nación. Por su culpa Italia está mal, porque hay organismo que quieren dañar la nación además de él, la magistratura comunista, y los partidos de oposición”.

O sea, prácticamente todo bicho viviente.

―¿Qué es lo que reivindican?

― La necesidad de patrullas ciudadanas. La población necesita ser defendida y nuestro deber es proteger al pueblo. La gente tiene miedo, quiere protección, y ellas se la dan.

Atención, pregunta: ¿Quién es el enemigo? ¿Viste también de uniforme? ¿Hay comandos uniformados luchando cuerpo a cuerpo, ―tomando casa por casa―, las calles de Palermo y El País todavía no ha dado todavía la exclusiva en su edición dominical?

―La investigación de la Fiscalía no es por el hecho de organizar patrullas, sino por su uniforme, que evoca al fascismo [sigue, valiente, preguntando la periodista de ABC].

―La camisa no es fascista, porque el águila imperial que aparece evoca al imperio romano; además es la misma imagen que preside el edificio del Consejo Superior de la Magistratura. Si no podemos llevarlo habría que quitar el símbolo de los edificios de Roma. La camisa no es negra y tiene la bandera italiana, que no creo que sea delito, y en el brazo el símbolo SPQR del imperio romano, nuestra historia.

Me estoy imaginando en este momento a Russell Crowe en Gladiator, desesperado, raspándose con un cuchillo el tal símbolo, que tiene como una horrible herida en uno de sus hombros y que representa a la Legión, de la que en ese momento maldice por haber asesinado a su familia.

―Pero para patrullar por las calles se podía haber presentado una camisa más neutra.

―El uniforme es necesario para animar al pueblo italiano. Si salen de casa y ven la bandera tricolor y el águila imperial se sienten más tranquilos.

También es lástima que Italia, patria de la mejor moda del mundo, haya tenido que recurir a esta simbología tan cutre para uniformar a sus nuevos paramilitares fascistas. No sé, me han dicho que esta temporada se llevaban los colores azulones, turquesas, amarillos… otra cosa.

―¿El MSI se puede calificar de un movimiento fascista?

―El fascismo forma parte de nuestra historia y no hay que renegar de él porque es parte de nosotros. Sólo se puede llamar fascista a quien ha vivido la época de Mussolini. Yo no la he vivido, pero mi abuelo sí y era mussoliniano. Somos patriotas italianos y conservadores, no queremos una Italia multiétnica, queremos a los de nuestra raza: la italiana.

Fin de la entrevista. Comienzo, o continuación, de la carcajada. Así que Maria Antonietta Cannizaro nos enseña ahora que sólo se puede llamar fascistas a quienes vivieron en la época de Mussolini. Si usted lo dice, signorina. Y en cuanto a lo de raza italiana, de traca.

Pero esto es lo que hay, amigos, que se dice vulgarmente. Y los italianos soportando tan plácidamente estos insultos contra la inteligencia, estas patadas al más pequeñito sentido común. Ni siquiera merece mucho la pena seguir haciendo chistes malos al respecto, que hay para un filón. Italia se ha convertido en un país absolutamente folklórico, sólo que este folklore raya en el peor de los gustos, precisamente porque puede afectar, entre a otros muchos, a gente que sí vivió y padeció el fascismo mussoliniano o que lo fueron sus hijos o herederos. Una Italia que parece haber perdido totalmente los papeles y en la que cualquier cosa es válida para reclamar la vuelta a los valores más macarrónicos de su historia. Y, ojo, que lo de “macarrónicos” no va con segundas. Tómese al pie de la más estricta carbonara. ■

martes 16 de junio de 2009

Escribir. ¿O no?

Asegura Javier Cercas en su última columna en El País Semanal publicada el pasado domingo que el escritor Günter Garass acaba de hacer unas declaraciones en las que afirma: "He tomado conciencia muy tarde de algo que realmente es muy importante: lo bueno de escribir es escribir". Y se pregunta Cercas: "Y tan importante: si lo bueno de escribir no es escribir [no es la escritura en sí, añado yo], entonces ¿qué es lo bueno de escribir? ¿Las veces que sales en la tele por escribir? ¿Las tías a las que te ligas por escribir?". Y continua poniendo una serie de argumentos un tanto tontorrones para explicar su manera de pensar. Todo ello para terminar diciendo: "No sé: estamos hartos de oír decir que la novela está en crisis, pero si ahora resulta que el autor de una de las grandes novelas del siglo XX ha tenido que llegar a los 87 años para descubrir algo que los escritores suelen descubrir en cuanto empiezan a escribir, entonces a lo mejor es verdad que también los novelistas tenemos un problema".

En realidad, todo este farragoso análisis lo que nos lleva a pensar una vez más es en el ya prolongado debate sobre la supuesta desaparición de la novela como género literario, ese viejo cuento del escritor no escritor que ha dado, curiosamnte, origen a tantos personajes literarios. Algo, a mi juicio, completamente absurdo cuando precisamente se están buscando otros soportes para ver mejor el texto, para leer más cómodamente y mejor, en definitiva. De manera que la tal muerte de la novela no parace vislumbrarse por ninguna parte. De hecho, los nuevos e-books son una muestra de ello. Y convendría incluso preguntarles a los lectotres si abrazarían, por decirlo así, la causa del e-book. Yo desconozco aún el artilugio más allá de saber en qué consiste y cómo funciona, pero no creo que tuviera demasiados problemas en adaptarme a él.

Hay que gente que parece estar matando cosas contínuamente. Cuando no es el cine, es la novela, el periodismo o los propios blogs. Y en realidad, lo que se está haciendo es tratar de crear otros soportes en los que se pueda ver mejor los contenidos, facilitar aún más su acceso a ellos. Otra cosa es lo que el escritor sufra a lo largo de su proceso de creación. Hay artistas que apenas necesitan unos minutos para hacer un boceto y atacar de inmediato la obra definitiva; otros, por el contrario, necesitan ensuciar previamente muchos bocetos para llegar al diseño final, dígase lo mismo con textos escritos. "La inspiración existe, sí", como dijera PIcasso, "pero tiene que pillarte trabajando". Todo lo demás son pamplinas.

Otra cosa diferente ―ya digo― es la propia lectura de esos libros, mediante los e-books. No he tenido todavía en mis manos ninguno de estos nuevos artilugios pero creo que no dudaría mucho en abrazarlos con entusiasmo, insisto. Los hogares cada día son más pequeños y el hecho de tener, si es así como dicen, 15.000 volúmenes en un sólo aparate es una idea bien seductora, o al menos así me lo parece a primera vista. Claro que siempre se puede argumentar que no hay nada como el papel, incluso como el olor del papel. Pero, bueno, esto pertenece a la categoría del romanticismo bibliófilo: también antes tenían un sabor romántico las viejas máquinas de escribir y hoy en día ya nadie las quiere, salvo Julián Marías.

Pero volviendo al hecho de escribir, creo que hay una necesidad aparte que trasciende muchos de estos niveles a los que me he referido. Quien escribe, sea novela, ensayo o columna periodística, lo hace por una necesidad compulsiva, personal. Quien escribe además de manera pública es porque desea dar a conocer sus impresiones, ya sea sobre gastronomía, música o la vida en general. Es una necesidad que no puede evitar. Y estoy seguro de que antes de descubrir a los maravillosos blogs, esa persona, ese escritor no público y en ciernes lo hacía en un diario personal o en páginas mecanografiadas que luergo guardaba en carpetas inservibles. O en la redacción de su periódico o revista. El hecho en sí está en ese placer que produce la letra impresa, que en ocasiones es planteada como un juego liberador, en el que no se sabe muy bien, por contradictorio que parezca, qué se quiere decir pero sí se es plenamente consciente de que se necesita escribir algo. Es la necesidad de una persona abierta, por más que pueda resultar hermética en su tono de redactar, de la misma manera que el pintor o el escultor necesitan exteriorizar su manera de ver el mundo de una forma plástica, aunque a veces su resultado sea igualmente incomprensible para la mayoría de la gente que observa esa pieza.

Escribir. Ese bello arte en el que muchos nos encontramos atrapados sin saber en realidad por qué. Y lo más hilarante, en el fondo, de todo ello: tratar de escribir en serio aunque el tono empleado sea el humor. La necesidad artística de los hombres como individuos o de los pueblos como congregaciones parece haber existido siempre. Eso, en realidad, explicar la razón por la cuál el ser humano se ve impelido a mostrarse de una manera artística, sea del modo que sea. Poco importa si detrás de esa pluma del necesitado hay un Günter Grass o un escritor de quinta fila. Lo importante es que haya una persona capaz de transcribir en un papel sus ideas, mejores o peores, y de que exista otra, al otro lado, pero muy lejos de su mesa, que sea capaz de leer ese texto. Admiro a cuantos tienen la infinita paciencia, el ánimo tan curtido, que son capaces de escribir algo que lleve más de cien páginas. Como admiro profundamente y respeto a quienes son capaces de redactar un texto de más de cien folios sobre la figura histórica de Carlos V. Todos ellos, se pregunten lo que se pregunten mientras están enfrascados en su trabajo, me parecen personas interesantes a los que no me interesa especialmente preguntar por qué escriben. Ellos sabrán, o no. A mí lo que me importa es su resultado, su esfuerzo y su voluntad. Cuántas veces no me habré encontrado en diversas ferias del libro volúmenes tan interesantes escritos por gentes perfectamente desconocidas que me han causado una sensación excelente y que la crítica pasó por alto en su momento. ■

lunes 15 de junio de 2009

¿Quién dijo que Ronaldo es caro?

¿Quién dijo que el fichaje por el Real Madrid de Cristiano Ronaldo era caro? ¿94 millones de euros es una cantidad elevada con respecto a qué? ¿Con respecto a lo que puede valer la propia capital de España? Hay que ser muchísimo más prosaicos y tratar de ver las cosas desde otros pronunciamientos menos radicales, mucho más objetivos, para darse cuenta de que éste y otros fichajes que en el futuro se produzcan ―superiores― no serán más que operaciones financieras de puro saldo, de pura baratija. Todo consiste en modificar ciertas reglas, algunos comportamientos. Y darle por fin ese carácter tan mediático y global que los propios presidentes reivindican.

Una cosa es que llegue un jugador a un club, se ponga el balón como almohada sobre el césped e inicie una larga y soporífera siesta sobre el rinconcito más mullido de la hierba, mientras sus compañeros entrenan, que es lo que han viniendo haciendo todos estos figurones desde siempre. A esto debe ponerse fin de un certero manguerazo. Para empezar, porque el terreno de juego va a estar lleno de compañeros entrenándose y para el jugador va a resultar bastante molesto estar recibiendo contínuamente pelotazos. Y acto seguido, porque van a comenzarse a disputar una serie de encuentros apenas sin fin que no van a poder con el supuesto cansancio del jugador, por mucho que se llame Ronaldo, Kaká o Pipí.

Rentabilizar la operación Ronaldo, como tantas otras que se quieran hacer en este mismo sentido, debería ser, en pura lógica ―y así ha de hacerse―, toda una operación de alto riesgo. Pero no es para tanto. Y para eso, lo primero que hay que hacer es poner a los futbolistas a trabajar. Por ejemplo, la Liga no es suficiente. Y además, es corta. Prolonguémosla. Que en lugar de 20 equipos haya 40. Con la Copa del Rey hay que hacer es tres cuartos de lo mismo. Si con los equipos de Primera y Segunda División se nos queda corta, añadamos la Tercera. Y alguna Regional si falta hiciera. Ampliemos igualmente a más jornadas y a una liguilla más extensa la Champions League. ¿El Mundial? Que jueguen todos los equipos del globo desde la primera jornada de eliminatorias, con encuentros que aunque no lo parezcan pueden reasultar a la postre totalmente apasionantes, como un Zaire-Vietnan de pronóstico imprevisible. Fútbol a diario, tres o cuatro partidos, todos retransmitidos por canales de televisión temáticos o, mejor dicho, dedicados por completo al fútbol. Y las estrellas, por contrato, tendrían la obligación de jugar en todos ellos como titulares. ¿De qué otra forma podrían justificarse sus ganancias? ¡Que se les pagara más si hiciera falta con tal de justificar su ficha! Habría que organizar muchos más torneos, a cada cual siendo "el partido del siglo", nada del partido de la jornada, que en cada jornada ya habría al menos seis o siete partidos de la jornada, del mes, del año, de la década, del siglo, del calendario lunar, metamarciano. Fútbol sin descanso, apto para ser visto a cualquier hora según los horarios internacionales. ¡Y cómo aumentarían las tiradas de los periódicos con tanto partido y tanta competición para poder seguir las incidencias de los que nos perdimos y estar al tanto de las clasificaciones! Entonces veríamos de verdad a las estrellas quizá un poquito menos galácticas, más demacradas por el agotamiento, ¿pero no habíamos quedado en que lo que importaba era el figurín del futbolista, a quien veríamos también en los descansos del juego, anunciado todo tipo de yogures, de aguas minerales y de equipaciones deportivas, que es lo que de verdad les importa a los presidentes, junto a sus flamantes y nuevas urbanizaciones? ¿Llegarían estos incluso a recalificar a los propios jugadores?

¿Costoso, pues, el fichaje de Cristiano Ronaldo? ¡Tonterías, será porque quieren! ■

domingo 14 de junio de 2009

La Europa de los desencuentros

No parece que los ciudadanos de la Europa comunitaria vayan a ver muy alteradas sus vidas tras los comicios del pasado domingo. Al fin y al cabo, siguen y seguirán viviendo sus vidas, sus amores y sus odios, sus trabajos y sus desempleos, gracias a su devenir particular y cotidiano. Veremos al vecino de enfrente comprarse un coche nuevo, y al de dos calles más allá haciendo la mudanza para irse a vivir a otro barrio más barato, probablemente para compartir piso o apartamento con sus alegres amigos divorciados. [Seguir leyendo en 'Libro de Notas'].

La multitud y el líder

¿Por qué a la mayoría de la gente le gusta tanto el panfleto, la lectura poco o nada complicada en la que encuentra exactamente aquello que endulza sus oídos, aquello que ya sabe de antemano que le van a decir? Casi nadie se somete al ejercicio de la crítica, y no hablemos ya del de la autocrítica. Todos los coros son voces cerradas en las que se estrecha el cuadrilátero en torno al líder. Y el líder, como dejándose acurrucar por la masa que le rodea, se circunscribe igualmente a repetir hasta la saciedad las cuatro notas que ha escrito en el papel y que, inexplicablemente, el público aplaude con las orejas. Así todo es fácil, y uno se va del mítin o de la reunión con los hombros más anchos que nunca. Nadie cuestiona los errores, nadie se plantea las contradicciones. Todo es perfecto y solidario en un mundo de iguales, donde los problemas que afectan a los de su alrededor tampoco son diferentes; antes al contrario, establecen círculos más íntimos de complicidad, de solidaridad ajena que convierte en propia. El político repite sus consignas y ellos menean sus banderas y aplauden cuando éste hace un silencio, mientras calcula el tiempo que le resta para entrar en antena en el Telediario.

El culto al líder ha existido siempre, y ahí tenemos los más claros ejemplos en las religiones, en las congregacines, en las sectas y hasta en el fútbol. La sociedad parece reclamarlos, necesitarlos, tener siempre una luz que los ilumine en su camino de sombras y de oscuridad. La gente no sabe qué hacer por sí sola, tiene que verser refrendada por la elocuciencia de un sumo sacerdote que, en ocasiones, pocas, está dispuesto a inmolarse por la liberación de los suyos. Es entonces cuando estalla la locura colectiva y toda una multitud decide suicidarse en favor de los ideales del jefe o de cualquier otra postura desorbitada que la lleva al paroxismo y la convierte en carne fugaz de matadero.

Del aplauso al suicidio colectivo hay un largo tramo, evidentemente. Pero hay también cierta correlación, en la que el dogmatismo está siempre presente y para el cual parece siempre haber algún incauto que está dispuesto a comulgar, sea de la manera que sea, machacándose la cabeza con un misal o ingiriendo la adecuda dosis de estricnina. Pero tampoco tenemos que llegar a este grado de alucinación masiva. Se produce este fenómeno en el contexto político y se produce en el mundo de la música juvenil o del deporte.

Siempre me ha asombrado este fenómeno, que en estadios menos radicales se da en los clubes de fans de determinados grupos o cantantes o gentes del cine y que, sin embargo, jamás he detectado en científicos enimentes, escritores o filósofos. Parece que la presencia de un premio Nobel en una conferencia no despierta esta especie de locura colectiva que la que pueda producir ese cantante de color azul piscina llamado Michael Jackson. Por lo visto, los héroes de hoy atienden por otros nombres más prosaicos como Paris Hilton o Bertín Osborne, Dani Pedrosa o Isabel Pantoja, a quienes además se les quiere elevar a la categoría de famosos cuando en realidad su fama no resiste las fronteras de Andorra. Llenan y llenan las páginas de las revistas del corazón, esas que tanto le divierten a mi amigo Martín Garrido, aplicando indiscutibles dosis de endiablado buen humor.

Pero sí, hay que reconocer que nuestro espíritu crítico cada día flota más a ras del suelo, hasta el punto de que tratar de arrojarse a la piscina sin mirar si puede suponer un serio peligro de morir desnucado por falta del líquido elemento. ¿Que esto haya ocurrido desde el principio de los tiempos? Claro que sí. Pero no parece que en los comienxos del siglo XXI alguien pueda ser capaz de emular aquellos tiempos del taparrabos. Y, sin embargo, hay que ver en este sentido qué poquito hemos cambiado. ■

sábado 13 de junio de 2009

Mujer, trabajo y libertad

Hemos hablado estos días mucho de las elecciones europeas y de los diferentes problemas con los que se encuentra la puesta en marcha de ese enorme ejambre de ejes supranacionales y multiculturales. Pero a menudo surgen pequeños detalles que nos hacen ver más a las claras esta distinta fenomenología. Pongamos un ejemplo. En la actualidad, poco más del 20% de mujeres ocupa un puesto de responsabilidad en todo el mundo frente al 79,3% de los varones. Según datos de la Escuela de Negocios del Instituto de Empresas, las ejecutivas están presentes en apenas el 12% de los consejos de administración de Estados Unidos. En nuestro país esta cifra queda reducida al 4%. Pues bien, en Noruega, por ejemplo, los consejos de administración deben de estar compuestos por al menos un 40% de mujeres. De lo contrario, la firma se disuelve. Por ley. Así de claro. Y téngase presente que estamos hablando del lugar, Europa, más avanzado del mundo.

Se podrá alegar razonablemente que en el Gobierno de España ya existe una paridad entre los integrantes de ambos sexos, que también me parece ecuánime y afortunada, aunque no entiendo por qué no pueda haber mayor número de mujeres que de hombres en el Ejecutivo, si la ocasión se tercia. Y que esta práctica debería dar ejemplo a las empresas, especialmente en lo que se relaciona con puestos y mandos ejecutivos. Pero aún me parace más relevante el caso noruego, en el que esta medida un tanto populista de un gobierno ha elevado al máximo esta premisa incluso en sus centros de producción.

Pienso que esta correlación ecuánime entre hombres y mujeres a la hora de asentarse y de ser reconocidos en sus puestos de trabajo y de responsabilidad ha de ser, como siempre, una lucha que emprendan las mujeres. Los hombres ya estamos cómodos como estamos y serán precisos muchos tirones de orejas para hacernos comprender que la mujer no es precisamente el electrdoméstico más barato de la casa. Sólo ellas tienen el poder de reconvertirnos, empezando por el ámbito de la educación y terminando por el de los anuncios publicitarios, de marcado acentro sexista y/o machista.

La experiencia en España no cabe resumirse como demasiado buena. No me gusta la mayoría de las mujeres que hoy compone el Gobierno de Zapatero. Pero es que tampoco me gustan ellos, de manera que vamos a dejarlo en un debate de personas escasamente dotadas para gobernar, dividido también al 50%. Además, a ellas se las está obligando a gobernar desde muy jóvenes, y es normal que a sus edades incurran en inmensos errores que luego tardan, eso sí, demasido tiempo en rectificar. Y tampoco parece que les sea exigido un amplio expediente académico ni intelectual para acceder a cargos de tan importantísimo nivel. Y esto ocurre exactamente igual en los dos grandes partidos del círculo electoral del que tanto hablamos. No es cuestión de mencionar nombres ahora, porque la pregunta, como siempre, a nada que nos detengamos un poco a pensar, salta sola: ¿serían estás féminas aceptadas en un consejo de administración de una marca multinacional? Hay avances, pero muy pocos. Pero estoy pensando también en las dirigentes que nos despiertan cada mañana en las noticias de la radio y que no comprendo cómo no se sonrojan de la paridas que dijeron el día anterior, y no son capaces, por una mínima vergüenza torera de pedir disculpas por ello. Claro que ellos tampoco lo hacen. Pero da la sensación de que el hecho de llevar en la mano una gran cartera con el título de su ministerio ya les otorga carta de naturaleza para sentirse en posesión de la verdad o para considerar que gozan con el respeto de la inmensa mayoría. ¿Es ésta la política de igualdad? ¿La de ser todos tontos a partes respetuosamente iguales?

Mientras tanto, yo hoy prefiero quedarme con el esperanzador dato de Noruega. ■

viernes 12 de junio de 2009

La abstención

Aún a riesgo de repetirme ―y quisiera pedir disculpas por ello―, hay un asunto que se renueva siempre que asistimos a un proceso electoral, ese fantasma que recorre Europa ―parafraseando a Marx― y que es el fantasma de la abstención. Lo cierto es que celebro que haya un buen debate sobre este particular porque somos muchos quienes desde ese punto de vista abstencionista venimos siendo ferozmente tratados por quienes defienden la necesidad del voto a toda costa, acusándonos además de cometer toda suerte de crímenes electorales, digamos esto último con unas invisibles comillas, por el hecho de quedarnos en casa en días tan aparentemente señalados.

Mantengo con Santi, administrador del estupendo blog Diario de hoy, una anriquecedora polémica a partir de esta cuesión. Él, obviamente, no sólo deplora esta actitud mía, sino que la llega a calificar, al amparo de un artículo de Antonio Orozco, de "rebeldía sin conciencia".

Parto de la siguiente premisa: si una persona se rebela contra algo y toma partido por ello hasta sus últimas consecuencias es porque tiene una clara conciencia de lo que está haciendo. Su no voto, aunque pueda no parecerlo, probablemente pueda ser más meditado y más doloroso en conciencia que el de quien acude a la urna por inercia, "porque siempre voté a este partido", nos dirá quizá. Y en mi opinión, quienes tomamos la decisión de no votar, no lo hacemos porque nos vayamos a la playa ―que esta es la actitud pasota y que siempre existirá― sino porque no hemos encontrado el modelo adecuado donde depositar nuestro voto. Si hablamos, por ejemplo, de políticos honrados y no honrados, podremos ver que hay buenos políticos en todos los partidos. Yo ya he dicho en innumerables ocasiones que ya no creo en los partidos, sino en los gestores. Y reclamo mi derecho, previo cambio en la Ley Electoral, en la Constitución o en donde sea, a votar nominalmente y discriminadamente a aquellas personas que se merecen mi respeto y mi voto.

No es el caso. Hasta la fecha sólo tenemos unas listas herméticas donde es imposible que el ciudadano tenga un mínimo espacio a la hora de decidir. Si el voto es tan importante ―opinión que comparto plenamente con Santiago―, creo que hay que flexibilizar estas listas, poner el nombre de todos los candidatos en ellas, y que el ciudadano elija precisamente "con libertad y conciencia", un factor que tiene ―claro que sí― mucho de "rebeldía". Rebeldía frente a esas personas que a lo largo de la legislatura nos han demostrado que no acuden a las sesiones parlamentarias, que incluso llegan a desplazarse a vivir a Canarias para cobrar mejores dietas ―¿lo sabían?: pues los hay―, y sí hacerlo por esa otra gente que atiende a su responsabilidades como el emisario y portavoz de la ciudadanía que es y que, por mandato, debería de ser. Y a esos políticos/gestores/ciudadanos yo sí quisiera votarles. Pero no al que me ponen en la lista justo encima o por debajo de mi candidato, alguien de quien sabemos que está en la política para hacer caja o por puro afán de poder. Abogadillos del tres al cuarto que han encontrado en la cosa pública la solución a algo más que su hasta ahora tradicional plato de lentejas, y que hacen cuanto pueden para cobrar de un sueldazo del Estado que lo pagamos tú y yo, con ese voto tan reflexivo que reclama Santi, y que entiendo pero que no comparto en absoluto.

No, no puedo ni podré estar de acuerdo nunca con este tipo de formulismos electorales. Quiero votar a la gente que me inspira confianza, sea del partido que sea. ¿O acaso en la derecha todos son buenos y en la izquierda todos malos, o viceversa? Ésta, así de simple, es mi argumentación: la de un simple ciudadano que simplemente quiere votar a quienes le merecen un respeto, a quienes ve que se ganan honestamente su dinero, a quienes defienden a capa y espada sus ideales, sus derechos y sus reivindicaciones, que son mis mismos derechos y reivindicaciones. ¿Es tan difícil lo que pido? ¿Se negaría la gente a comprender estas causas? La cosa es bastante más simple, aunque en un primer estadio pudiera parecer más compleja. A mi juicio, si desapareciera esta forma actual de elaborar las listas, no sólo contaríamos con ciudadanos aún más libres y más participativos sino que la democracia entera ganaría muchos adeptos y se enriquecería notablemente hacia una mayor calidad y transparencia. En cuanto a los pasotas, a los abstencionistas cerveceros, eso ya es otra cuestión. Se haga lo que se haga, estos nunca votarán. Probablemente no lo han hecho nunca. Pero puedo asegurarles ―y te aseguro Santi― que yo no estoy ni estaré nunca en ese grupo.

Queda, por supuesto, la opción del voto en blanco. Pero no me deja de significar una salida bastante condescendiente, como más adecuada para poner a salvo nuestras democráticas conciencias. Pero ésta me parece eso, una opción oportunista. Yo me declaro más rotundo, más crítico. También más escéptico. Más radical. ■

jueves 11 de junio de 2009

La novela y el ensayo

ace más de veintinco años tuve en San Sebastián una librería, Ulises se llamaba en honor al legendario personaje y a Joyce. Pese a que mi tío Manolo, que tenía un taller de encuadernaciones y una enorme experiencia en el gremio, me recomendó encarecidamente que no me metiera en un tinglado tan ruinoso, pudo más mi ansia juvenil y me lancé a la aventura. Cerré apenas dos años después de su apertura. Las ventas nunca fueron mal, al contrario, pero el alquiler era tan elevado que era imposible mantener aquello.

Por aquél espacio tuve clientes muy curiosos, algunos de ellos convertidos hoy en auténticas personalidades de la vida política española. Se hacían tertulias y exposiciones sobre autores o incluso sobre guías de viaje. El local era grande y tenía muchas posibilidades.

Pero yo quisiera hoy acordarme de un cliente que siempre me llamó la atención. Era un hombre de mediana edad, siempre muy arreglado, muy bien vestido, que acudía solamente a mirar los anaqueles de ensayo. Venía por la librería cada dos o tres días y compraba un número importante de libros. Para él, la novela no existía. Como el hombre no era muy hablador, un día le dije mientras le iba guardando sus recién adquiridos libros en una bolsa:

―Usted nunca lee novela, ¿verdad?

―No, creo que ya se me pasó la edad. Yo leí mucha novela en mis tiempos jóvenes, pero ahora ya sólo me interesa el ensayo. La novela me aburre soberanamente. Y en todo caso, releo alguna que me gustó.

Quién me iba a decir a mí que, años después, aquella impresión de mi cliente, que me pareció entonces tan radical, me iría a ocurrir a mí. Sí, porque hoy es el día en el que las novelas se me caen de las manos. Salvo excepciones muy, muy recomendadas, hoy he vuelto a refugiarme en las páginas de los grandes poetas y en las de ensayo, fundamentalmente de contenido filosófico o político. Para cuentos ―digámoslo así― no estoy, no llevo estándolo desde hace bastantes años, ahora que lo pienso. Y en la actualidad he de considerar también seriamente la lectura de los blogs, de los buenos blogs que me enriquecen y me aportan puntos de vista nuevos, como el de Vicente Verdú en Boomeran(g), que me parece una de las grandes bitácoras ―si no la mejor― que se escriben en este país. Los blogs han irrumpido en mí como todo un argumento literario donde se pueden encontrar autores de enorme calidad a los que trato de tomarlos con todo el interés y con todo el respeto del mundo. De la misma manera que sigo leyendo con enorme respeto los periódicos, aunque estos también se puedan leer en internet. No los compro todos los días, generalmente lo hago los viernes, sábados y domingos que es cuando vienen cargaditos de papel, con sus fascinantes suplementos de colorines. En fin, que ahora que lo pienso he de añadir el capítulo de las revistas. También me compro alguna de historia o de cualquier otro tema especializado. Pero éste es otro asunto al que hay que decicarle una entrada aparte.

En definitiva, que ha llegado un momento en el que la novela ha dejado de interesarme. Se me caen de las manos. Aunque mencionaré una excepción: Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, que la leí hace ahora un par de meses y que me pareció sencillamente colosal. Como para terminarla y empezarla de nuevo, casi silabeándola, vamos.

Ni que decir tiene que no tengo absolutamente nada en contra de quien sigue leyendo novela, faltaría más. Sólo digo que a mí no me entra. Tal vez, como le ocurría al cliente de mi librería, sea simplemente que se me ha pasado ya la edad. O quizá sea cualquier otra cuestión. Me pregunto si esto le ocurre a mucha más gente o, como siempre, sólo sigo siendo un tipo raro. ■

Ganarás el pan con el sudor de tu pequeña frente

maniquíes
Desnudos como están, posando delante de la Puerta de Brandemburgo, en Berlín, quizá no nos dicen nada de particular. Puede tratarse de un anuncio publicitario o de cualquier otra forma parecida de llamar la atención sobre algo. Y sin embargo, se trata de una denuncia de Unicef. Maniquíes sin ropa, símbolos que denuncian la falta de recursos disponibles en el mercado alemán que no hayan sido fabricados por compañías que no utilizan a niños para el trabajo. Ninguna. Por eso están desnudos. Pero esta fotografía la podríamos extrapolar tranquilamente a España y sería la mismo. La utilización de menores para la confección no sólo de ropa sino de todo de utensilios que hoy podemos ver en las tiendas abiertas, por ejemplo, por los chinos en todo el país, es una clara muestra al respecto. Estamos hartos de ver estas imágenes por la televisión. Aún así, no hacemos nada. La vida de un niño/hombre/trabajador ya no nos dice nada, no nos conmueve, no nos afecta. Y sin embargo es la nueva forma de esclavitud contemporánea, la explotación de la mano de obra infantil hasta límites que se nos antojan irracionales, inhumanos. Es como remontarse a los comienzos de los tiempos de la era industrial, al primitivismo de la confección manual de las cosas sin unos derechos para los trabajadores, y mucho menos para las trabajadoras y los chiquillos. Turnos asfixiantes en los que se trabaja a destajo, sin perder un segundo. Horarios imposibles para ganar al final del día quizá un euro. Trabajadores impenitentes que viven por debajo del umbral de la pobreza. La injusticia mundial no tiene límites. Y no son las marcas de imitación, el trabajo clandestino, quienes realizan estas prácticas. También lo hacen otras mucho más seleccionadas y prestigiosas, como la propia Nike que ha sido denunciada en numerosas ocasiones por formar parte de este nuevo legado de esclavitud. Nadie o casi se libra de emplear a los más pequeños para llenar sus arcas de importantes beneficios. Y no, no es la globalización quien tiene la culpa de que estas prácticas se postulen por cualquier lugar del mundo; es el espíritu depredador humano quien consolida estos quehaceres para los que los que los gobiernos acostumbran siempre a mirar hacia otro lado. ■ Foto: AFP.

[Hoy, nueva entrada en Las aves migratorias].

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