Asegura Javier Cercas en su última columna en El País Semanal publicada el pasado domingo que el escritor Günter Garass acaba de hacer unas declaraciones en las que afirma: "He tomado conciencia muy tarde de algo que realmente es muy importante: lo bueno de escribir es escribir". Y se pregunta Cercas: "Y tan importante: si lo bueno de escribir no es escribir [no es la escritura en sí, añado yo], entonces ¿qué es lo bueno de escribir? ¿Las veces que sales en la tele por escribir? ¿Las tías a las que te ligas por escribir?". Y continua poniendo una serie de argumentos un tanto tontorrones para explicar su manera de pensar. Todo ello para terminar diciendo: "No sé: estamos hartos de oír decir que la novela está en crisis, pero si ahora resulta que el autor de una de las grandes novelas del siglo XX ha tenido que llegar a los 87 años para descubrir algo que los escritores suelen descubrir en cuanto empiezan a escribir, entonces a lo mejor es verdad que también los novelistas tenemos un problema".
En realidad, todo este farragoso análisis lo que nos lleva a pensar una vez más es en el ya prolongado debate sobre la supuesta desaparición de la novela como género literario, ese viejo cuento del escritor no escritor que ha dado, curiosamnte, origen a tantos personajes literarios. Algo, a mi juicio, completamente absurdo cuando precisamente se están buscando otros soportes para ver mejor el texto, para leer más cómodamente y mejor, en definitiva. De manera que la tal muerte de la novela no parace vislumbrarse por ninguna parte. De hecho, los nuevos e-books son una muestra de ello. Y convendría incluso preguntarles a los lectotres si abrazarían, por decirlo así, la causa del e-book. Yo desconozco aún el artilugio más allá de saber en qué consiste y cómo funciona, pero no creo que tuviera demasiados problemas en adaptarme a él.
Hay que gente que parece estar matando cosas contínuamente. Cuando no es el cine, es la novela, el periodismo o los propios blogs. Y en realidad, lo que se está haciendo es tratar de crear otros soportes en los que se pueda ver mejor los contenidos, facilitar aún más su acceso a ellos. Otra cosa es lo que el escritor sufra a lo largo de su proceso de creación. Hay artistas que apenas necesitan unos minutos para hacer un boceto y atacar de inmediato la obra definitiva; otros, por el contrario, necesitan ensuciar previamente muchos bocetos para llegar al diseño final, dígase lo mismo con textos escritos. "La inspiración existe, sí", como dijera PIcasso, "pero tiene que pillarte trabajando". Todo lo demás son pamplinas.
Otra cosa diferente ―ya digo― es la propia lectura de esos libros, mediante los e-books. No he tenido todavía en mis manos ninguno de estos nuevos artilugios pero creo que no dudaría mucho en abrazarlos con entusiasmo, insisto. Los hogares cada día son más pequeños y el hecho de tener, si es así como dicen, 15.000 volúmenes en un sólo aparate es una idea bien seductora, o al menos así me lo parece a primera vista. Claro que siempre se puede argumentar que no hay nada como el papel, incluso como el olor del papel. Pero, bueno, esto pertenece a la categoría del romanticismo bibliófilo: también antes tenían un sabor romántico las viejas máquinas de escribir y hoy en día ya nadie las quiere, salvo Julián Marías.
Pero volviendo al hecho de escribir, creo que hay una necesidad aparte que trasciende muchos de estos niveles a los que me he referido. Quien escribe, sea novela, ensayo o columna periodística, lo hace por una necesidad compulsiva, personal. Quien escribe además de manera pública es porque desea dar a conocer sus impresiones, ya sea sobre gastronomía, música o la vida en general. Es una necesidad que no puede evitar. Y estoy seguro de que antes de descubrir a los maravillosos blogs, esa persona, ese escritor no público y en ciernes lo hacía en un diario personal o en páginas mecanografiadas que luergo guardaba en carpetas inservibles. O en la redacción de su periódico o revista. El hecho en sí está en ese placer que produce la letra impresa, que en ocasiones es planteada como un juego liberador, en el que no se sabe muy bien, por contradictorio que parezca, qué se quiere decir pero sí se es plenamente consciente de que se necesita escribir algo. Es la necesidad de una persona abierta, por más que pueda resultar hermética en su tono de redactar, de la misma manera que el pintor o el escultor necesitan exteriorizar su manera de ver el mundo de una forma plástica, aunque a veces su resultado sea igualmente incomprensible para la mayoría de la gente que observa esa pieza.
Escribir. Ese bello arte en el que muchos nos encontramos atrapados sin saber en realidad por qué. Y lo más hilarante, en el fondo, de todo ello: tratar de escribir en serio aunque el tono empleado sea el humor. La necesidad artística de los hombres como individuos o de los pueblos como congregaciones parece haber existido siempre. Eso, en realidad, explicar la razón por la cuál el ser humano se ve impelido a mostrarse de una manera artística, sea del modo que sea. Poco importa si detrás de esa pluma del necesitado hay un Günter Grass o un escritor de quinta fila. Lo importante es que haya una persona capaz de transcribir en un papel sus ideas, mejores o peores, y de que exista otra, al otro lado, pero muy lejos de su mesa, que sea capaz de leer ese texto. Admiro a cuantos tienen la infinita paciencia, el ánimo tan curtido, que son capaces de escribir algo que lleve más de cien páginas. Como admiro profundamente y respeto a quienes son capaces de redactar un texto de más de cien folios sobre la figura histórica de Carlos V. Todos ellos, se pregunten lo que se pregunten mientras están enfrascados en su trabajo, me parecen personas interesantes a los que no me interesa especialmente preguntar por qué escriben. Ellos sabrán, o no. A mí lo que me importa es su resultado, su esfuerzo y su voluntad. Cuántas veces no me habré encontrado en diversas ferias del libro volúmenes tan interesantes escritos por gentes perfectamente desconocidas que me han causado una sensación excelente y que la crítica pasó por alto en su momento. ■