A los dados, con cubilete

El martes pasado cumplió 60 años. El juego de palabras Scrabble se adueñó por unas horas de Trafalgar Square, en Londres, quizá para recordarnos que los viejos juegos de tablero aún no han muerto. Sometidos a una dura rivalidad con sus competidores virtuales, tienen todas las de perder. ¿Queda algún niño o algún adulto que juegue aún, en los países con economías avanzadas, a este tipo de juegos de mesa? Pocos, me atrevería a decir. Probablemente el único superviviente sea el ajedrez, por más que las máquinas hayan alcanzado la perfección. “La perfección más odiosa”, iba a escribir. Porque ahí está precisamente el encanto del juego realizado entre personas: que el error siempre es posible en el adversario más avezado. Quedan, sí, y aún gozan de buena salud, los juegos de envite, como las cartas o el dominó. Pero esa es otra cuestión.
Los potentes ordenadores, con sus juegos más coloristas e imaginativos, han venido a subvertir el orden de las tardes vacacionales o del fin de semana. Apenas queda ya quien se organice con la familia o los amigos para echar una partida al Parchís, al Monopoly o a La Oca, y tiro porque me toca. Mucho menos al Scrabble ―o al Intelect, como fue conocido en España en sus comienzos―, un juego “que es de mucho pensar”, como diría alguno. Incluso los juegos de tablero se han modernizado de manera bastante complicada, con los llamados de rol al frente, que estos, para mí, son “de demasiado pensar”, y tampoco es eso.
Pero los clásicos, pese a que supongo que tardarán en desaparecer, se abren hoy camino en el mundo de lo lúdico a trompicones, forcejeando a duras penas con sus parientes cibernéticos. Y, sin embargo, una buena partida al Scrabble, o al Parchís, o al Monopoly difícilmente puede ser sustituida, por lo que tiene de sociable y de diversión simple y amigable, por una partida al más avanzado juego de ordenador. Quizá los niños de hoy los recuerden vagamente mañana, o los conozcan por haber jugado a ellos por Internet. Pero yo lo que sigo echando en falta es a los amigos o a la familia jugando a uno de estos simples juegos en torno a una mesa camilla, en una tarde de invierno, mientras los troncos crepitan alegremente en la chimenea y alguien llega con una bandeja con cuatro tazas, sobre la que sobresale una cafetera que nos recuerda que al café, café, y a los dados, con cubilete. ■
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