domingo 14 de junio de 2009

La multitud y el líder

¿Por qué a la mayoría de la gente le gusta tanto el panfleto, la lectura poco o nada complicada en la que encuentra exactamente aquello que endulza sus oídos, aquello que ya sabe de antemano que le van a decir? Casi nadie se somete al ejercicio de la crítica, y no hablemos ya del de la autocrítica. Todos los coros son voces cerradas en las que se estrecha el cuadrilátero en torno al líder. Y el líder, como dejándose acurrucar por la masa que le rodea, se circunscribe igualmente a repetir hasta la saciedad las cuatro notas que ha escrito en el papel y que, inexplicablemente, el público aplaude con las orejas. Así todo es fácil, y uno se va del mítin o de la reunión con los hombros más anchos que nunca. Nadie cuestiona los errores, nadie se plantea las contradicciones. Todo es perfecto y solidario en un mundo de iguales, donde los problemas que afectan a los de su alrededor tampoco son diferentes; antes al contrario, establecen círculos más íntimos de complicidad, de solidaridad ajena que convierte en propia. El político repite sus consignas y ellos menean sus banderas y aplauden cuando éste hace un silencio, mientras calcula el tiempo que le resta para entrar en antena en el Telediario.

El culto al líder ha existido siempre, y ahí tenemos los más claros ejemplos en las religiones, en las congregacines, en las sectas y hasta en el fútbol. La sociedad parece reclamarlos, necesitarlos, tener siempre una luz que los ilumine en su camino de sombras y de oscuridad. La gente no sabe qué hacer por sí sola, tiene que verser refrendada por la elocuciencia de un sumo sacerdote que, en ocasiones, pocas, está dispuesto a inmolarse por la liberación de los suyos. Es entonces cuando estalla la locura colectiva y toda una multitud decide suicidarse en favor de los ideales del jefe o de cualquier otra postura desorbitada que la lleva al paroxismo y la convierte en carne fugaz de matadero.

Del aplauso al suicidio colectivo hay un largo tramo, evidentemente. Pero hay también cierta correlación, en la que el dogmatismo está siempre presente y para el cual parece siempre haber algún incauto que está dispuesto a comulgar, sea de la manera que sea, machacándose la cabeza con un misal o ingiriendo la adecuda dosis de estricnina. Pero tampoco tenemos que llegar a este grado de alucinación masiva. Se produce este fenómeno en el contexto político y se produce en el mundo de la música juvenil o del deporte.

Siempre me ha asombrado este fenómeno, que en estadios menos radicales se da en los clubes de fans de determinados grupos o cantantes o gentes del cine y que, sin embargo, jamás he detectado en científicos enimentes, escritores o filósofos. Parece que la presencia de un premio Nobel en una conferencia no despierta esta especie de locura colectiva que la que pueda producir ese cantante de color azul piscina llamado Michael Jackson. Por lo visto, los héroes de hoy atienden por otros nombres más prosaicos como Paris Hilton o Bertín Osborne, Dani Pedrosa o Isabel Pantoja, a quienes además se les quiere elevar a la categoría de famosos cuando en realidad su fama no resiste las fronteras de Andorra. Llenan y llenan las páginas de las revistas del corazón, esas que tanto le divierten a mi amigo Martín Garrido, aplicando indiscutibles dosis de endiablado buen humor.

Pero sí, hay que reconocer que nuestro espíritu crítico cada día flota más a ras del suelo, hasta el punto de que tratar de arrojarse a la piscina sin mirar si puede suponer un serio peligro de morir desnucado por falta del líquido elemento. ¿Que esto haya ocurrido desde el principio de los tiempos? Claro que sí. Pero no parece que en los comienxos del siglo XXI alguien pueda ser capaz de emular aquellos tiempos del taparrabos. Y, sin embargo, hay que ver en este sentido qué poquito hemos cambiado. ■

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