viernes 8 de agosto de 2008

Guerras

Antiguamente la gente se mataba mucho mejor. Con clase. Cuando dos o más naciones, por las razones que fueran, entraban en guerra, los escasos elementos con los que se contaba para el combate hacían de cada batalla un hecho histórico, primoroso, digno de ser narrado de generación en generación, algo que merecía ser glosado por los grandes poetas líricos y contado en detalle por los historiadores. ¡Qué bonitas eran aquellas guerras! ¡Cuán estéticas! Era tal el grado de belleza que predominaba en el combate, que incluso apetecía morir en una de aquellas preciosas luchas cuerpo a cuerpo. Claro que siempre era mejor estar en la retaguardia para ver mejor el espectáculo: en primera línea apenas le daba a uno tiempo de ver nada, sobre todo si a las primeras de cambio te entraba polvo en un ojo.

Daba gusto, por ejemplo, contemplar a las legiones romanas perfectamente dispuestas y alineadas en el campo de batalla, ansiosas por enfrentarse a sus bárbaros y feroces enemigos. Los soldados, con sus cascos relucientes coronados por bellos penachos de colorines, sosteniendo aquellos elaborados escudos en una mano y aquellas maravillosas espadas y lanzas ―que hoy costarían una pasta en una subasta de Sotheby’s― en la otra. Y ya cuando sacaban unos la caballería y otros los elefantes, entonces se rozaba el no va más, era el delirio; era como para sentarse en una colina próxima y contemplar desde lo alto, comiendo pistachos sin parar, una de aquellos choques bélicos, plenos de estética y grandeza. Griegos y persas, egipcios y macedonios tampoco les iban a la zaga a estos preciosistas romanos para quienes morir era, ante todo, una cosa de buen gusto y de diseño.

Daba gloria también ver a aquellos soldados napoleónicos perfectamente uniformados partirse la crisma en esas batallas en las que, al final, quedaba una inmensa explanada llena de muertecitos que apilar. Ingrata tarea, eso sí, la de los apiladores de cadáveres, más que nada porque si en un momento determinado perdías la cuenta, tenías que deshacer el montón y comenzar el recuento de nuevo, que si no se jorobaba la estadística. Pero, por lo demás, ser hecho papilla por una de aquellas balas de cañón tenía que ser una experiencia total, que dirían ahora. Especialmente meritorios eran asimismo los infantes que tocaban el tambor, o aquellos otros que sostenían los bordados estandartes. Y es que entonces hasta las batallas tenían música. A nadie se le pasaba por la cabeza irse a la guerra sin llevarse dos o tres orquestas bien repletas de cuernos y cornetas, tambores y gaitas. Una guerra sin música era como un jardín sin flores. No me extraña que se hablara entonces con tanta pasión del arte de la guerra.

¿Y las batallas navales? ¿Habrase visto cosa más hermosa? Esos navíos inmensos lanzado fuego a babor y a estribor hasta que alguien con atinada puntería rompía el palo mayor de uno de ellos o acertaba de pleno en la nave enemiga y gritaba, exultante: “¡Hundido!”. Aquellos almirantes vestidos como para una boda de tronío, ¡con qué garbo y señorío alentaban a sus huestes para la contienda! ¡Y qué contentos iban a la muerte los intrépidos soldados, marinos pletóricos de gloria y de conciencia ecológica por saberse avant la lettre alimento de la biosfera, preservadores de especies hoy amenazadas y en peligro de extinción, como los tiburones!

¡Ah, las guerras de antes! Aquéllas sí eran guerras y batallas, y no estas carnicerías sin el más mínimo glamour que practicamos ahora. ¿Acaso hay alguien que no pueda establecer con claridad la diferencia que hay entre el placer de morir por un certero disparo de arcabuz y entre la vergüenza de perecer acribillado por una bomba de racimo? ¿Puede compararse acaso el gustazo que tiene que dar el ver tu pecho atravesado por un hermoso sable musulmán con mango de piedras preciosas frente a lo vulgar, humillante y chabacano que ha de resultar que te caiga en la cabeza un grosero misil tierra-tierra, cuya procedencia ni siquiera has podido identificar, es decir, un misil que ni siquiera trae remite?

Antiguamente, ya digo, la gente iba feliz y contenta a la guerra. No le importaba un pimiento perder la dentadura en cualquiera de aquellas batallas ―Gaugamela, Las Termópilas, Farsalia, Trafalgar, Waterloo, Austerlitz―, segura de estar dejándose el pellejo en, al menos, un hecho histórico que estudiarían años más tarde, quisieran o no, los alumnos de grado elemental, medio y superior.

Hoy, no. Hoy, las guerras apenas son un lamentable espectáculo tecnológico en el que ya ni existe el campo de batalla, los soldados ni se miran a la cara y apenas se muere por unos inexistentes ideales, reconvertidos en intereses pérfidos y ajenos a la comprensión de sus propios combatientes. Hoy, los dioses ya ni siquiera bendicen a los muertos, tristes figuras a las que se empaqueta con premura para devolverlas a sus lugares de origen envueltas en una trapo sin historia, cadáveres incómodos que hay que enterrar a toda prisa para que no apesten las conciencias de quienes les enviaron a una muerte indigna y miserable, exenta de toda gloria, carente del más mínimo prestigio. ■

[Más comentarios en Menéame]

12 comentarios:

Freia 8 de agosto de 2008 0:40  

Don Manuel...

Hay días en que se supera Vd. a sí mismo.

Adanero 8 de agosto de 2008 1:35  

Y se olvida usted el honor. Porque morir por honor era otra cosa, ahora ya ni eso. Que mucho ardor guerrero vibrando en nuestras voces y todo el amor patrio que usted quiera llenando nuestros corazones, pero de honor nada de nada. Que uno dejaba viuda y siete churumbeles, pero con honor. ¡Coñe!

Le ha faltado a usted empezar la entrada con el "¿Es el enemigo?" de Gila.

Un saludo, con mucho honor.

pena 8 de agosto de 2008 4:44  

las guerras, hechas en favor de los poderosos, pocas por la libertad y la "justicia". La vida que tanto esfuerzo, renuncias, sacrificio y trabajo, significa para las mujeres madres, se esfuma, se volatiliza por millones en los campos de batalla, que como digo, pocas veces responden a la defensa de lo mas preciado "una vida digna". Saludos

Antonio Rodriguez 8 de agosto de 2008 9:15  

Como dice Adanero el honor y el valor.
Aquellas grandes batallas del siglo XIX donde un ejercito se oponía a otro en una formación de tiralíneas, todos de pie o rodilla en tierra, sin traje de camuflaje, para ser bien visto por el enemigo. Liarse a tiros sin inmutarse ni salir corriendo ante una muerte segura, ni tan siquiera apretarse contra el suelo, para no ser blanco fácil.
Esos soldados si que tenían valor y honor aguantado tiro va y tiro viene sin inmutarse ni pestañear, sin una arruga en el uniforme y no como ahora que todo es camuflarse, confundir al enemigo, matar a distancia y a traición. Donde las guerras producían muertes entre los ejércitos y no como ahora que la peor parte se la llevan los civiles.
En fin que ya no quedan guerras honorables.
Salud, República y Socialismo

RGAlmazán 8 de agosto de 2008 9:45  

Y es que ya nada es como antes. Que nos lo han cambiado. Donde esté una guerra de antes que se quiten la de ahora. Vulgares, pero que muy vulgares.

Salud y República

Manuel 8 de agosto de 2008 13:09  

Agradezco al lector que ha colocado este post en 'Menéame' porque estoy viendo que está teniendo mucha repercusión. Gracias mil.

Anónimo 8 de agosto de 2008 13:49  

Tema aparte de ser un entusiasta de la estrategia y jactarme de creer, que en algunas guerras antiguas, sin duda ninguna, se moría por honor… debo recordarte los dantescos espectáculos de las poblaciones enteras hechas esclavos, del terrorífico pillaje al que se sometía a cualquier provincia conquistada y del glamoroso sentir de jóvenes que morían por el interés de unos pocos, cosa que no ha cambiado nada…

Si en la guerra existieran verdaderas reglas de compromiso, que se cumplieran a rajatabla y los ciudadanos no fueran inmiscuidos directamente en ellas, creo que serían una vía de renovación de la especie humana muy efectiva. Para hacerse una idea de que tipo de reglas hablo, véase el sistema de casas nobles de Dune y sus regulaciones a la hora de combatir.

Por lo demás, debo argumentar también, que antes de montar todo esto alrededor nuestro un hombre con una espada, carisma y ambición, podía llegar a conquistar medio mundo desde Grecia hasta la India o atravesaría los pirineos para asestar una serie de golpes maestros contra sus mortales enemigos…

El ser humano ha perdido algo fundamental en su comportamiento, la honestidad… seas una persona vil o un virtuoso, la honestidad hace grande a los seres humanos, ya no existe eso…

La manipulación y la mentira corroen a toda una raza que se ha dejado acorralar por el sonido del vil metal y no puede ver más allá de dignas convicciones.

Pero como tanto tiempo atrás, tenemos camino para recorrer…

Fuerza y honor.

-Ishar

Cecilia Alameda Sol 8 de agosto de 2008 19:27  

Las guerras son detestables hasta en la pantalla de los cines

Manuel O. 8 de agosto de 2008 21:35  

Es interesante. Veo que cada uno ha entendido esta entrada a su manera. Mejor. Me cuidaré muy mucho de explicarme más. Caería en el mismo error de esos pelmazos que intentan explicarnos el chiste después de haberlo contado.

Cecilia Alameda Sol 8 de agosto de 2008 23:07  

Que sí te hemos entendido, Manuel. Que sí.

fritus 9 de agosto de 2008 3:18  

Diga Ud. que sí...que la espada de los romanos medía solo dos palmos de hoja...lo que significa que te habías de acercar a un germano de metro noventa a una distancia de dos palmos para clavarsela...nada que ver con los misiles tierra aire,oiga ....andevapará hombrepordiós!

No es por jorobar, pero voy a sacar el tema del alcohol otra vez, aunque sea de refilón en la anecdota...Yo tuve un profesor de Penal, el Dr. Olesa Muñido, en paz descanse, que nos dijo una vez en clase..." si cogen el tipo objetivo del delito de asesinato, el de violación, el de robo con violencia e intimidación, el de allanamiento de morada y el de daños y los meten en una coctelera gigante,... para muchas dosis,... con un chorrito de obediencia al Estado y vestidos de uniforme...el cóctel se llama guerra"


Yo también le he entendido, Don Manuel...( hay días que no pimplo tanto y tengo la cabeza clara)

Un abrazo

Manuel 9 de agosto de 2008 10:07  

Lo del 'entendimiento' lo dije, más bien, por algunos comentarios que aparecieron en 'Menéame'. Aquí, los lectores ya me conocen y saben con qué mano sujeto mi bastón.

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