Chávez en Marivent
Mientras sobrevuelan los helicópteros por la capital palmesana, me doy un paseo por las concurridas calles del centro. Hace un calor pegajoso. En la calle ya se conoce la nueva tontería: “¿Por qué no vamos a la playa?”, a la que hay que añadir esa otra de “esto se parece a Cuba”.
Los palmesanos estamos acostumbrados a cruzarnos por la calle Jaime III con la Reina o con importantes jeques saudíes que vienen o van de sus compras. Ya lo único que nos molesta es que los segundos aparquen sus limusinas en doble fila. Es admirable la proverbial indiferencia mallorquina a todo lo que no sea ese joven de Manacor que esgrime una raqueta.
Por eso a nadie puede extrañar ni sorprender que aquí pensemos que cuando uno posee el áurea que propicia el hecho de ser quien vende cada día millón y medio de barriles de petróleo a los EE UU, pueda permitirse el lujo de llegar con una hora de retraso a una cita con el Rey de España. Al fin y al cabo, Chávez es sólo el amigo peligroso, de manera que por más que enseñe de vez en cuando sus uñas afiladas, no es previsible recibir un arañazo. Demasiados empresarios españoles tienen intereses en Venezuela. Y a Venezuela no le viene mal que continúen en su empeño: siempre los podrá utilizar como moneda de cambio.
La reunión de esta mañana entre Chávez y el Rey en el Palacio de Marivent quizá sirva para establecer el reconocimiento de dos personajes a los que les gusta demasiado hablar. La diferencia está en que mientras el uno no tiene responsabilidades puras de gobierno y se conforma con leer el mismo discurso cada Nochebuena, el otro tiene una nación a sus espaldas y un programa de televisión en el que desbordar su incansable palabrerío. Pero ambos saben que sus respectivos países se necesitan. Se callen mucho o poco, saben que al final tendrán que darse un apretón de manos para que los fotógrafos inmortalicen el disciplinado gesto. Todo lo anterior habrá quedado en mera anécdota. Las relaciones diplomáticas a veces tienen el poder de obligar a enmudecer incluso a los más habladores.
Pero todo esto en Mallorca nos importa poco. Siempre nos han preocupado mucho más las estadísticas que ofrece cada temporada de verano el aeropuerto de Son Sant Joan, nuestro verdadero Ibex 35. No en vano ya afirmó en cierta ocasión Sara Montiel, otra ilustre palmesana de adopción: "Como dijo Einstein, todo es relativo". ■
Foto: EFE













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